Lo que me queda por vivir. Elvira Lindo. Seix Barral

(272 páginas. 18 €. Año de edición: 2010)
Más allá de cualquier valoración crítica sobre el estilo u otras consideraciones más específicas, el valor de esta novela es que transmite veracidad y hondura. Podrá ser todo inventado (faltaría más), pero el libro te llega como verdadero, o simplemente te llega, algo que no es fácil de conseguir.

Queda totalmente justificada la ficción (o no tanto) de la mujer que llega al punto de su vida donde, antes de proseguir y afrontar lo que le queda por vivir, ha de hacer memoria y repasar su trayectoria: la muerte de su madre cuando tenía 16 años, tras una larga enfermedad; su matrimonio fallido y tortuoso; su infancia, su adolescencia, esas pequeñas -y medianas, o grandes- anécdotas; y, sobre todo, su hijo Gabi, el eje fundamental sobre el que gravita la novela y la vida de la narradora, una mujer joven que cree no estar preparada o que cree no haber estado a la altura de su papel para con la vida de ese pequeño que ahora tiene ya 17 años y es introvertido, silencioso y solitario, pero cortés, buen chico y muy respetuoso.

El vínculo natural madre-hijo en este caso no se establece por una mera "imposición natural", sino que se consigue a través de una relación no demasiado convencional, pero sincera y honesta. Sentido del humor, ternura, momentos más dramáticos y ninguna pretensión de adoctrinar son los puntos fuertes con los que Elvira Lindo consigue transmitir lo que pretende: una historia sencilla de una mujer hecha a sí misma.

Aun a riesgo de parecer un lema de cubierta de libro, estamos ante una novela para sentir, puesto que la autora nos abre su corazón (o consigue hacer que lo parezca). Tras haberme costado entrar en la historia al inicio, pronto te va atrapando esa narración un tanto caótica. E incluso pasado un tiempo tras la lectura, sigues recordando esta novela de forma agradable. Puede que no reúna las condiciones para ser la novela del año, pero sí para no arrepentirte en ningún momento de haber emprendido su lectura.

"Qué difícil era y es traicionar al grupo y qué fácil ser desleal con uno mismo". "Venció finalmente esa creencia tan tóxica de que sólo quien te hace sentir un poco inferior posee atractivo".

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