Alerta Bécquer. Miguel Mena. Alba (12/12/11)

(168 páginas. 10,50€. Año de edición: 2011)
Estamos ante una especie de "roadmovie" en versión española y novelada, con los restos de Bécquer a cuestas. Hablando de cuestas, cuesta creerse que unos jóvenes se embarquen en algo tal que así: Eduardo, para impresionar a su apasionada novia Dafne, roba, junto con su amigo Óscar, los restos de Bécquer de la iglesia sevillana donde reposan, con el fin de transportarlos al cementerio de Trasmoz, según los supuestos deseos del propio poeta.

Si esta trama ya resulta inverosímil, su desarrollo no le va a la zaga, pues los chicos pierden la calavera y tienen que perseguir al padre de Óscar, feriante, por diversos pueblos y ciudades, ya que ha cogido la caja donde habían guardado dicha calavera. No es creíble la historia, pero tampoco lo son los personajes, caracterizados con un simplismo que pasma (el enamorado capaz de cualquier cosa por su amada, que ejerce el papel de musa y se implica más tarde en el plan, y por otra parte el convidado de piedra que ayuda al enamorado por amistad).

Se supone que el sentido del humor preside la intención del autor, pero las casi surrealistas situaciones distancian más si cabe al lector. "Más difícil todavía", se puede con cada imprevisto. Da la impresión de que la idea central (el robo por amor) no da mucho de sí y por eso es como si una y otra vez se alargara el relato como un chicle. 

La misma impresión se saca con la pléyade de secundarios: el visionario Rivas (trasunto de Iker Jiménez, o eso parece), director y presentador de Ultramundo (el pobre al final carga con las culpas), que quiere explotar el filón de la popularidad de Bécquer planteando hipótesis paranormales sobre él; el inspector Ruiz, a punto de jubiliarse, que es manipulado por su burda esposa-detective que aprovecha para comprar ropa, ir al Ikea o viajar a El Escorial persiguiendo sus "pesquisas"; el párroco de la Anunciación (iglesia con los restos de Bécquer), el más secundario de entre los secundarios, poco importan sus avatares; y Juan Ricardo Adamonte, un jeta vividor que se afana por sacar tajada, principalmente a costa de la melomanía de las autoridades (este personaje sería el más interesante si planteamos esta novela como un cuadro costumbrista y viéramos la picaresca de este personaje algo así como un Iñaki Urdangarin a pequeña escala).

Pero todo no va a ser negativo: siempre queda la excusa de recordar la figura del poeta y del movimiento romántico, son interesantes las referencias poéticas, así como el trayecto geográfico emprendido por los protagonistas en su alocado viaje. Además, toda esa parafernalia del absurdo que roza lo grotesco puede ser bien acogido por el alumnado, quién sabe.

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