Daniela Astor y la caja negra. Marta Sanz. Anagrama Compactos

(272 páginas. 9,90€. Año de edición: 2016)
No me ha satisfecho mucho mi primera incursión en la narrativa de Marta Sanz. Aun a sabiendas que la suya es una voz propia, en ningún momento me ha atrapado ni su estilo ni la historia que venía detrás de ese estilo tan marcado. Quizás por eso, por saber este libro un ejercicio de estilo más que nada, mucho más que la historia de Catalina H. Griñán, que queda como atrapada entre las cajas negras que jalonan el relato.

Puede que sea también que no soy mujer y que por tanto este grito al feminismo que es este libro no me haya atrapado tanto como creo que podría ocurrir si no fuera un hombre. Sin llegar a ser un alegato a favor de la mujer, le falta poco, y le falta al mismo tiempo mucho para ser lo que para mi gusto tiene que ser una novela. Si bien es imposible que no trascienda una tesis, al lector no le debe llegar tan explícitamente lo que se esconde detrás. 

Sí, es muy interesante esta primera persona que es una niña de 12 años que sueña con ser Daniela Astor, un alter ego de unos 20 años lleno de arrolladora personalidad, en ese límite entre la infancia y la adolescencia, en ese incierto instante de pérdida de la inocencia para aterrizar (o estrellarte) en el mundo adulto. La imaginación es un arma que frecuenta tanto Cata como su mejor amiga Angélica, una niña gordita que le sigue en este peregrinaje de las fantasías en la piel invisible de Gloria Adriano, pero me he distanciado mucho de esta  coraza de frivolidad por culpa del documental sobre la mujer en el cine y la televisión, incidiendo en su papel en el cine del destape, en los años de la transición entre el franquismo y la democracia, en cuanto a objeto de deseo por parte del hombre o simplemente como papel de objeto. Muy original en cuanto a que se nos muestra una especie de guión a modo de caja negra, pero demasiado alejado de la trama principal.

Una trama principal que realmente no arranca hasta casi la mitad de la novela, cuando la madre de Catalina, Sonia Griñán, enfermera de un dentista, se pone amarilla y preocupa a su hija porque nunca la había visto enferma. Uno de los aciertos de la autora es mostrar la complicada relación entre una madre y una hija, que no le perdona su vulgaridad, su brusquedad, su bastedad. Sonia es una mujer de pueblo y ese pragmatismo que ralla en heroicidad al saber llevar adelante un trabajo, una casa y una hija es casi un enigma para Catalina, absorta en la superficialidad de las heroínas mediáticas que triunfan más allá de las pasarelas, como Amparo Muñoz, Susana Estrada,  María José Cantudo o Bárbara Rey.

Como muestra de mi poca perspicacia u observación, he caído tarde en la afirmación (o reafirmación) de la narradora desde la primera caja, en la que el primer apellido queda relegado a una simple inicial. Y es que Alfredo Hernández, el padre, queda sepultado, marginado o desdibujado en comparación a Sonia, y no porque sea un pelele calzonazos intelectualoide sobreprotegido por su madre, sino sobre todo por su actitud cuando Sonia toma la decisión de no seguir adelante con su segundo embarazo. En ningún momento se nos dicen las razones de esta decisión, pero quien más debería respetarla no lo hace, y de acuerdo con las leyes del momento y por una denuncia que no se aclara de dónde proviene, Sonia tiene que pasar incluso por la cárcel al practicarse un aborto ilegal.

De pronto, todos los juegos más o menos inocentes (hay mucho acercamiento al coqueteo sexual) de las niñas se tornan en nada ante la contundente realidad. Alfredo es un cero a la izquierda y Cata se va a vivir con sus vecinos: la socióloga Inés Marco y su marido, Luis Bagur, que pasará de ser una fantasía erótica a figurar como padre suplente. La socióloga también tomará un papel relevante para Cata, aunque eso suponga el distanciamiento definitivo con Angélica. No sólo sus celos serán los causantes, sino también esa parálisis que afecta a Cata, incapaz de defenderse de los ataques de su entorno, incapaz de apoyar a su madre, incapaz de enfrentarse a los problemas más que desde su abulia. Resulta un tanto decepcionante la escena en la que la madre sale y ella es incapaz de darle un abrazo.

Como alegato en favor del derecho de la mujer a decidir sobre si interrumpir o no un embarazo, la novela es irreprochable. Me quedo con este fragmento en este sentido: "La crueldad mayor consiste en obligar a una mujer a criar a un hijo que le ha nacido con medio cerebro, condenado a la sonda, la silla de ruedas, los hierros en las rodillas, las correas en la cama, la muerte prematura (...). La crueldad más sofisticada consiste en obligar a una mujer a parir, a cuidar, a querer a un hijo que nunca deseó". Como novela, aunque me gusta la siguiente frase, no siento que haya correspondencia entre lo expresado y las páginas leídas: "Nosotros no podemos convertir esta historia en un silencio porque el silencio es un modo de subrayar las cosas, pero también de borrarlas".

Lo mejor, con todo, del libro, llega en la última caja ("Los platós bárbaros"), la parodia sobre Sálvame y Mermelada (José Javier Vazquier, o Jorge Javier, o como quiera que le haya nombrado su madre). Eso y la siguiente frase: "El tiempo se hizo petróleo. Nos manchó la ropa". Poco bagaje para una novela que por momentos te saca de lo que te está contando porque parece que lo relatado no es lo principal, sino una excusa para hablar de otras cosas.


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