Matar a un ruiseñor. Harper Lee. B de bolsillo

(410 páginas. 10€. Año de edición:2015)
Matar a un ruiseñor es uno de los clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX, la de esta autora de un único libro (aunque nos quieran vender otro, Ve y pon un centinela), que dio pie además a otra maravilla cinematográfica, la protagonizada por Gregory Peck. Ambientada en los años 30, en la región de Alabama, el pueblecito de Maycomb, donde viven lo que para los ojos de aquella sociedad un tanto retrógada deberían denominar como familia "disfuncional" (aunque el término sea más bien actual): el abogado Atticus Finch, y sus dos hijos, Jem, de 12 años, y Scout (Jean Louise Finch), de 8. 

Uno de los grandes méritos de esta novela es transmitir el punto de vista de una niña sobre los sucesos que acaecen en esa población, entre ellos y sobre todos ellos la injusta incriminación al negro Tom Robinson, por haber violado a una muchacha blanca, a quien el padre (aunque ellos nunca le llamen de tal forma) de Jem y Scout defenderá.

Si es interesante la novela, también lo es conocer un poco la biografía de Harper Lee. Autora de un solo libro, tras el que, al estilo de Salinger, se retiró, por si fuera poco fue amiga de la infancia de ni más ni menos que Truman Capote, de quien he sabido que el amigo de los niños, Dill, está basado. Este artículo en El País habla al respecto de esta amistad que se malogró poco después de los respectivos éxitos de cada uno.

Narrado cronológica y linealmente, la estructura clásica del libro favorece el desarrollo de unos personajes carismáticos. La primera parte, hasta el capítulo 11, vendría a ser como la introducción, tanto del pueblo como de los personajes. Los otros 20 capítulos hasta llegar a los 31, los de la 2ª parte, se centran en el núcleo temático de la obra, esos prejuicios raciales que culminan con el juicio a un hombre negro, y la posterior amenaza de uno de los principales implicados, Bob Ewell.

Diría que el argumento casi es lo de menos. Lo importante es que todos los personajes están caracterizados si no con mimo, sí con un verismo que roza la autobiografía flagrantemente. Atticus tiene toda la pinta de ser el mayor homenaje al propio padre de Harper, gracias a su ecuanimidad, su bonhomía y las enseñanzas sobre la vida que aporta no sólo a sus hijos, sino a los habitantes de Maycomb. Este hombre, abogado reputado, certero con el rifle (motivo por el que nunca dispara, salvo cuando se ve obligado por un perro con rabia), habla de injusticias tales como matar a un ruiseñor, un pájaro que nunca haría daño a nadie. Abusar de un negro sería otro de los pecados que no justificaría nunca. Episodios como los del juicio (que los niños ven desde el puesto de los negros a hurtadillas), el incendio de la casa de la adorable vecina, la señorita Maudie, o el previo en el que unos hombres casi ajustician a Tom, son tan cinematográficos que no es de extrañar que no tardaran ni un año en llevarla a cabo.

Jem es el personaje más contradictorio. Acosado por el paso a la adolescencia, preso de su naturaleza infantil y sus ansias de emular a su padre, tan pronto es compañero de juegos de su hermana, como reniega de ella. Cuando el caso de Tom amenaza la tranquilidad de la familia Finch y todos piensan que Scout puede saltar a la mínima, resulta que es Jem el que la paga con las camelias de la anciana antipática señora Dubose, que les dará otra buena lección tras su muerte.

Hasta que no he leído reseñas sobre Lee, no dudaba que la identificación entre ella y Scout era total: una niña que hoy calificaríamos de superdotada, resuelta, despierta, con una dosis enorme de empatía. El juego narrativo está basado en la perspicacia de esta niña que en teoría no debería haber entendido la mitad de hechos que la rodean. Esa mezcla entre inocencia y hondura hacen de ella un personaje adorable, sobre todo cuando resuelve con los puños las afrentas que otros niños le hacen para meterse con su padre. Claro que después de conocer su trayectoria vital posterior, está claro que Harper Lee se identifica con Boo Radley, el hombre que nunca sale de su casa salvo al final.

Sería casi imperdonable olvidar mencionar a Calpurnia, la criada de color que es casi una segunda madre para ellos, el fantasioso Dill, compañero de juegos cada verano, el propio Thomas Robinson, el juez Taylor, el shérif Tate o la tía Alexandra, quien parece representar la prototípica mujer que solo se preocupa del qué dirán, pero que luego tiene más empatía de la que prometía. Me dejo en el tintero varios secundarios, de los cuales el mérito consiste en que son dotados de humanidad, por más incidentales que resulten para la trama.

Temas como las injusticias raciales y ese modelo de conducta y de ética llamado Atticus hacen que esta novela sea ideal para ser una alternativa a Qué bello es vivir. Cierto feminismo en la defensa de las actitudes de la indómita Scout, o los lances en la escuela, en la que para la estúpida maestra leer está mal visto para ella porque no se atiene a su modelo pedagógico, no son sino otras muchas razones para darle sentido a la etiqueta de "clásico contemporáneo". Y por si fuera poco, se lee con suma facilidad, y releyéndolo te das cuenta de una cierta circularidad en la novela, que empieza por lo que será el final: "Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una grave fractura del brazo a la altura del codo".

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