The Americans. Temporada 3

(FX. 13 episodios: 28/01/2015 - 22/04/2015)
Aprovechando el parón seriéfilo en el periodo estival para ponernos al día con esas series que has empezado, pero has tenido que dejar un poco relegadas si quieres dar a basto, toca remangarse y volver a la ficción de FX. ¿Qué le ocurre a The Americans para no figurar en  la categoría de esas tres series indispensables que no te puedes perder? ¿Por qué es de las que incluso dan pereza, pese a tenerlo todo a su favor? Sin duda, estamos ante posiblemente la mejor serie de espías que hay, o al menos la más realista, si la ponemos en comparación por ejemplo con la efectista Homeland o la más inverosímil aún The Blacklist. Quizá sea por esa razón, que es demasiado realista y las tramas son menos espectaculares, y cuesta muchas veces seguir el hilo de esa Central que pide a nuestros dos protagonistas, Elizabeth y Philip Jennings, el más difícil todavía. No hay apenas concesiones y te encuentras con escenas duras, como cuando hay que serrar el cadáver de una colaboradora de los espías. Como dice la canción, "miénteme, dime que me quieres". No estamos acostumbrados a que el 007 en cuestión sea tan implacable...

En esta segunda temporada, además, el drama ha girado sobre todo de puertas para dentro. El tema de meter a Paige en la organización ha sido el eje principal, que ha acentuado las diferencias de criterio entre Philip, que apuesta por dejar a su hija al margen de esos temas, con una acusada vena paternal y protectora, y la de Elizabeth, más entregada a la causa, más fanática y más entusiasmada con no tener que mentir a una de las personas a las que más quiere.

Vamos a meternos en faena... 
Ojo, que vienen spoilers.

Uno de los momentos cumbre de la temporada llega cuando Paige se planta y exige conocer la verdad. Después de alguna tentativa sibilina por parte de Elizabeth, y ya con Philip un poco resignado a que no hay otra salida, es su propia hija la que exige saber. No olvidemos que su "militancia religiosa", entre otras razones, se debe al vacío que siente esta niña al ver que está en una especie de vida alternativa, con unos padres que se comportan de manera extraña y que desaparecen de improviso cuando suena el misterioso teléfono.

Quiero defender a este personaje, que me recuerda mucho a Skyler, de Breaking Bad, otro personaje defenestrado por los fans de Walter White (al igual que los de The Americans han hecho con esta niña). No, no estamos ante estorbos tipo Grace o Zach Florrick, sino ante una adolescente con la que podemos empatizar. Porque aunque la suya es una reacción hasta de rechazo y el seguidor de la serie lo que quiere es fidelidad, para que así su personaje favorito pueda seguir campando a sus anchas (olvidando por ejemplo que son traficantes de droga o espías de la Unión Soviética que no dudan en asesinar a sangre fría), pensándolo fríamente tenemos lo siguiente:

1. Mis padres me han mentido.
2. La vida que creía que llevábamos es pura fachada.
3. Mis padres me piden que yo a su vez mienta.
4. Coño, que encima son rusos...

No sé, o yo soy un endeble mental o creo que mi patrón sería bastante similar al de Paige, empezando por un bloqueo bestial ante una situación que me superaría. Si no busco ayuda fuera, pese a los consejos (¿amenazas?) de esos padres que me han estado mintiendo toda mi vida de que no se lo cuente a nadie, sería poco menos que un superhéroe. ¿O es que la reacción natural que los fans de los Jennings esperaban hubiera sido algo así como "qué guay lo que me contáis, ahora todo cobra sentido, pásame la pipa, que voy a cargarme al plasta del agente Beeman"?

Es lo interesante de esta serie, el tremendo conflicto que plantea, y del que no escapa ni el propio Philip, cada vez más dubitativo con su papel, como demuestra el último asesinato que perpetra, en el que una serie de juguetes como los que tiene su hijo Henry le dejan tocado (aparte de tener que tragar con que la organización quiera asimilar a sus hijos, o que le pidan que engañe y seduzca a una niña de 15, o que juegue con la vida de Martha como quien juega a las damas). Elizabeth, en cambio, sigue fiel a sus ideales y por eso no choca tanto con el enlace de la Central, Gabriel (muy buen trabajo el de Frank Langella, aunque cuando vemos a Claudia en el penúltimo episodio con él se la sigue añorando).

Fuera de las aventuras de la pareja protagonista, y aunque es cierto que el balance suele ser equilibrado (por medio fundamentalmente de escenas breves y contrapunteadas), cuesta más conectar con el resto de personajes: sobre todo con Stan Beeman, a pesar de que ha mejorado con el paso del tiempo. No me termina de cuadrar que arriesgue su carrera para salvar a Nina del gulag, cuando al mismo tiempo está tratando de conseguir que su ya ex mujer Sandra  (qué guapa me parece Susan Misner) vuelva a su vida, y lo curioso es que cuanto más se aproxima al sector soviet, mejor me cae, tanto con la amistad con Philip como con los acercamientos con Oleg para sacar de la cárcel rusa a Nina. Tanto uno como otro, por cierto, están bastante desaprovechados, el uno sin apenas relevancia y la otra vendiendo a una belga a cambio de mejorar su situación. Su arrepentimiento de cara al científico que tienen retenido contra su voluntad en la URSS hace pensar que su encaje en la serie está desenfocado.

El tono de la tercera temporada, al margen de hitos logísticos como los de temporadas anteriores, aunque con la misma profusión de pelucas y maquillajes, se mantiene en un tono casi sin fisuras, pero tampoco te encuentras picos de intensidad que disparen tu adrenalina. Te pierde tanto flanco abierto, tanta política de trasfondo (que si Afganistan, que si Sudáfrica...), tanta intensidad, aunque por otra parte agradeces que no haya declaraciones grandilocuentes sino silencios expresivos. Creo que la serie es un poco árida y por momentos hasta indigesta, pero hay que reconocer el mérito narrativo y la interpretación de Matthew Rhys y Keri Russell.

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