El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets

(248 páginas. 17€. Año de edición: 2014)
Las maneras de llegar a un libro pueden ser casi tan variadas como las lecturas que se pueden realizar. Una portada llamativa, un título atrayente, una ferviente recomendación, un descarte, una imposición laboral... Si bien tenía ya este libro, el estímulo primordial para iniciar su lectura ha sido la charla del propio autor en la librería Fábula

Qué rato más apasionante el que pasé al oír a un gran escritor hablarte de sus seres queridos y su relación con la literatura (su exigente y severo padre, su abuela y su facilidad para contar todo tipo de  relatos pese a ser analfabeta, su primo Paco...), de libros (para esta obra realizó una analogía con Simbad el Marino y Don Quijote de la Mancha), de autores (mencionó a aquellos grandes que aún se mantienen apegados a ese entorno rural o campestre tan cercanos a nuestras anteriores generaciones, pero tan lejanos ahora, como Muñoz Molina, Mateo Díaz, Merino...), de cómo escribe (por las mañanas sobre todo, aunque esté todo el día con el libro en la cabeza), de alguna de sus ideas cuando era profesor (hacerles escribir un diario a sus alumnos porque la realidad no es realidad hasta que se cuenta)... 

Luis Landero. Un tío natural, sencillo, cercano, con las ideas muy claras y el verbo muy fácil (podría parecer algo obvio, pero no es lo mismo fluir por escrito que oralmente), con ese punto exacto de socarronería, conectado a la actualidad (referencia jocosa a Tomás Gómez) y a la realidad (cuando se habló de si los jóvenes leían menos, después de comentar que era muy difícil competir con otros entretenimientos menos exigentes como los videojuegos, los móviles o internet, no se puede esperar que los chicos exclamen con júbilo "¡Bien, voy a leer la Celestina después de cenar!").

Ciñéndome a El balcón en invierno en sí, no hay que buscar trama ni acción (salvo la referida al principio cuando el autor descarta escribir otra obra de ficción en un proyecto que deja al poco de empezar). Es un libro reposado, sosegado, calmo, una revisión de la infancia y de la juventud de una manera un poco anárquica o caótica, para nada lineal, casi podría decirse que a impulsos o a arrebatos, a la vez que un registro fantástico de una realidad que se está perdiendo (si no se ha perdido ya), la de esa España vinculada al campo, la de esas generaciones recientes (pero ya sentidas como tan lejanas) atadas a la agricultura, al sacrificio, a trasladar su éxito personal en poder otorgarle a sus hijos un mejor presente y futuro que el recibido por ellos (con guerra y posguerra a sus espaldas, truncándoles cualquier proyecto).

Se trata de un libro que hay que paladear casi como la poesía (la gran pasión del autor tras el flamenco, cuando aún no tenía un canon al que aferrarse). Hay que dejarse llevar por la morosidad, por el remanso de los recuerdos, por la aproximación a la nostalgia, por el fluir del verbo melancólico y la precisión de un léxico que también en breve caerá en el olvido. Entre la ficción y un libro de memorias, entre ese campo casi edénico extremeño y esa barriada de Prosperidad, entre un autor aproximándose a la vejez y una vista atrás para rendir cuentas (con su padre sobre todo) o simplemente agradecer a personas como su madre, su primo Paco o su abuela Francisca. Agradeciendo de la mejor manera que un escritor puede: relatando.

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