Infieles y adulterados. Juan José Millás. Nórdica libros

(96 páginas. 19,50€. Año de edición: 2014)
Muchas veces un libro se acoge como una especie de redención o de liberación dependiendo del libro anterior del que vengas. Es como estar metido en una drogadicción tortuosa y encontrar algo que te ayuda a superarla, por más que sea un asidero endeble o absurdo. Estoy exagerando, claro está, porque no quiero decir con esto que En la orilla sea algo así como una mala enfermedad, pero se agradece la liviandad de este librito de 14 relatos breves. Como digo, mucha parte de culpa de que me haya resultado tan agradable la tiene el tráfago del que venía, esa escalada tan dificultosa que resultó ser el libro anterior.

Sin establecer comparaciones, me gusta la propuesta de mezclar relatos e ilustraciones, y más si lo presentan así: "Este libro es una tremenda historia de poligamia: la de un escritor con catorce ilustradores". La pena es que no tenga demasiada idea al respecto de si una ilustración es buena o no más allá de impresiones particulares. Me quedo con las de Juan Berrio, pese a su simplicidad; la de Agustín Comotto, aunque la razón sea el color rojo de la niña dibujada; la primera de Enrique Flores; la de Eva Vázquez, por el colorido; y ante todo y sobre todo con las de Paco Roca, las que mejor plasman el significado del relato que ilustran.

Centrándome en la parte literaria, quitando quizás El adúltero desorientado, que apenas tiene una endeble simetría con la que remata la historia y varios datos que acaban siendo cabos sueltos, todos los relatos cuanto menos entretienen. Ya sea por el deambular por un Madrid que se transforma ante los ojos de Millás, por la particular y desenfadada visión que nos ofrece, por ese estilo remachado en frases que te gustaría haber escrito, ya sea por ese universo que te aboca al absurdo, a la mirada especular o a la paradoja constante.

De El cepillo de dientes me quedo con el cinismo del narrador que redacta la carta a la ex mujer desde la luna de miel con la nueva ("si llegaste a saberlo, no fue tampoco por falta de discreción mía, sino por tu excesivo celo investigador"), con las simetrías (la nueva mujer se llama Beatriz como la anterior, están en la habitación de al lado de cuando fue de luna de miel con la primera Beatriz) y con ese final vengativo en el que va a ser infiel de verdad usando el cepillo de dientes de la nueva esposa.

"Jorge iba de un canal a otro de la televisión con la pesadumbre con la que el hipocondríaco va de un lado a otro de su cuerpo, deteniéndose en los programas que le dolían más". ¿No es genial esta frase para comenzar un relato? (Pasiones venéreas). Pues el resto no desmerece, con ese protagonista (Jorge) tan sugestionable (a partir de una frase subrayada por su mujer en un libro titulado "Relaciones interpersonales") y con un final que casi te provoca una carcajada.

En El extraño viaje el narrador en 1ª persona nos lleva a una turbadora historia con una niña de nueve años y los miedos a ser sorprendido por alguien conocido en alguna situación comprometida (entrar en un servicio público, en este caso, que deriva a la obsesión por la niña mendiga). El rostro participa de temas muy millasianos, como la paulatina transformación de un personaje que acaba identificándose en otro.

El bígamo es de mis favoritos ("En mi barrio había un bígamo", dice al inicio, y ya te ha atrapado la curiosidad). Primero por la fascinación infantil por algo desconocido, luego por el desengaño y la desesperanza ante lo peor de una vida duplicada ("Si hay algo peor que un domingo por la tarde, son dos domingos por la tarde") y finalmente por establecerse en el narrador un escepticismo rematado en la frase final: "Pero yo no me lo creí, y la vida, luego, me ha dado la razón".

El adúltero es otra variante de El rostro y El adúltero desorientado (por la simetría que tiende a la confusión), pero menos acabado. Con El sofá cama recuperamos el absurdo de que un sofá cama sea una especie de lugar animado que hace desaparecer gente devorándola, y las ilustraciones de Javier Olivares redundan en ese componente oscuro, casi tipo Horacio Quiroga (pero en surrealista).

El hombre que corría puede ser el relato más perfecto en cuanto a conjunción de texto e imagen. El tema de la insatisfacción podría ser un leit motiv del siglo XXI. Y en eso Millás es un maestro. Tenemos al típico personaje suyo, insatisfecho con su vida y obsesionado con algo (una chica que sale a correr con un ritmo tan constante que parece inacabable): "Lo que más le gustaba, pues, era sentarse en el sofá, cerrar los ojos e imaginarse corriendo calle abajo, siguiendo las huellas de la chica". Y este personaje decide entregarse a su sueño, y el resultado es un final maravilloso (en todos los sentidos).

La muela de Holgado tiene otro de esos encuentros embarazosos con los que se construye el relato ("Vicente Holgado coincidió al entrar en un prostíbulo de la calle de Diego de León con un cuñado suyo que salía en ese momento"), aduciendo cualquier excusa ("e hizo como que iba al dentista"). Si a eso le sumas el componente maniaco obsesivo, da como resultado una reunión con las hermanas gemelas con las que están casados rematada en otro final paradójico. 

Una hija como tú (Ana, se llama, como una ex del narrador, que le está escribiendo una carta tipo El cepillo de dientes, pero sin esa acidez) participa un tanto de un cierto morbo en la frontera de lo terrorífico y lo placentero, ya que postula la idea de que su hija acabe siendo algo así como su novia. Lo mejor, esta frase: "Lo que no se dice adquiere un poder excesivo, porque crece sin las limitaciones de lo manifiesto y se va instalando con una fuerza sorprendente en la zona de sombra de la identidad, desde donde actúa para trazar nuestro destino".

Uno de los relatos que conjuga a la perfección el humor y la tristeza es Un hombre vicioso. Es hilarante cuando la prostituta Marisol (una mujer madura llamada como su madre) le replica, ante la idea del agente comercial de ver la tele cogidos de la mano: "Pues mira, eso de la tele se lo pides a tu mujer. A nosotras se nos pide un griego, un francés, en fin, cosas normales". O la frase para rematar el relato: "Lloraba de amor, eso es lo que pensaba él, pero a quién contárselo sin parecer un pervertido".

Juraría haber leído antes El paraíso era un autobús, una historia melancólica y romántica que resume la maestría de Juan José Millás elaborando argumentos peculiares, con un hombre y una mujer que coinciden en el autobús durante años y que desarrollan una especie de vida paralela (y paradisiaca) en dicho autobús, aunque "Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz".

Y para acabar, en El secador y la liga, el adúltero confunde los regalos para su amante y para su esposa (la liga y el secador, con un par de objetos ya ha deconstruido tópicos para armar una historia diferente), la culminación de una serie de confusiones cuyo remate es una de las frases made in Millás: "Qué lío de vida". 

En fin, un volumen de tapa dura que conjuga una edición muy acabada y unas historias cortas en las que el autor se maneja como lo que es: como un maestro.

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