Fringe. Temporada 1

(FOX. 20 episodios: 10/09/2008 - 13/05/2009)
Hay determinadas series que por motivos más paranormales que los que presenta Fringe tardas en abordarlas, pese a que las tienes marcadas con una X e intuyes que te van a gustar. ¿Por qué ahora y no antes? Puedo contestar a por qué ahora, pero no a por qué antes, porque me encantaba Expediente X (le debe un montón) y la ciencia ficción me chifla, con lo que difícil lo tenía para que no me gustase y más delito tengo, por más que me escude en JJ Abrams y su tendencia a desencantar (por decir algo) con finales casi apócrifos a propuestas estupendas.

Fringe es la división del FBI que se ocupa de investigar casos extraños que parecen seguir un hilo conductor tras el que hay una mano oculta y que denominan bajo el nombre de "el patrón". La protagonista es Olivia Dunham (deslumbrante Anna Torv, el ingrediente que faltaba para engancharse), una agente abnegada y puntillosa que pierde en el primer episodio a su novio (aunque la relación supuestamente era secreta), John Scott (Mark Valley, parece ser que el actor revivió la historia y está casado con Anna Torv), y pierde la fe en él porque parece ser un espía al servicio de no se sabe quién.

Pese a que en un principio chocan, Philip Broyles (el siempre serio Lance Reddick: ¿no salía en Expediente X?) le otorga su máxima confianza, y a menudo auxilia a Olivia tanto con Nina Sharp (Blair Brown), la mano derecha de William Bell, el jefazo de Massive Dinamics, una multinacional de tecnología que casi siempre está detrás de los sucesos fantásticos que investiga Olivia), como con el insoportable Sanford Harris (Michael Gaston, pónganle algodones en los carrillos y le verán en The leftovers), un personaje cuyo inflamado final pocas veces hará menos justicia, aunque la resolución respecto a estos traidores, como lo fue el agente Mitchel Loeb, podría haber dado más de sí, algo similar a lo que ocurre con David Robert Jones (qué bien le sienta la pose de malo a Lane Price de Mad Men, y qué buen actor es Jared Harris).

De modo que Olivia recluta a unos ayudantes peculiares para que le ayuden a desentrañar los misterios: Walter Bishop (entrañable John Noble, pese a ser la versión 2.0 del doctor Frankenstein), a quien sacan de una institución mental en la que llevaba encerrado 17 años (había sido un adelantado de su época y sus experimentos resultaban un tanto peligrosos y peliagudos); y Peter Bishop (Joshua Jackson, que haga lo que haga no se quitará la etiqueta de Pacey), el hijo de Walter, también superdotado intelectual, aunque un tanto perdido por el mundo con negocios algo turbios. Los tres, junto a Charlie Francis (el ronco Kirk Acevedo), la versión mundana de un agente FBI, y Astrid Farnsworth (Jasika Nicole y su enhiesto peinado afro), que lo mismo vale para un roto como para un descosido y que sobrelleva muy bien que Walter siempre confunda su nombre, serán el equipo perfecto. Sin olvidar a la vaca, claro, siempre encuadrados en el laboratorio de Boston.

Olivia y cía descubren un manifiesto de ZFT, un grupo terrorista que parece estar detrás de sucesos tales como la aparición de un monstruo genéticamente alterado combinando varios animales, deja vùs que conectan con otra dimensión, virus que tapan los orificios de la cara,  pantallas de ordenador que atacan la mente y demás variantes. Siempre combinando lo procedimental (casi siempre los casos se resuelven en un episodio) con una trama más de fondo, la relacionada con el pasado de Walter y Olivia (que de niña en Jacksonville sufrió experimentos con una droga que agudiza la sensibilidad, el cortexiphan), elementos que quedan sin resolver como el calvo que suele aparecer en todas las escenas (el llamado Observador, Michael Cerveris, en un personaje mucho más atractivo que el fiscal Castro en The good wife) son los puntos más sugerentes y rara vez un episodio no queda lastrado por esa resolución por capítulo (un pin a los guionistas por no decaer en su exposición de horrores).

Quizá lo peor venga de la mano de Rachel, la hermana de Olivia, no por el mal papel de Ari Graynor (aunque tampoco destaque), sino por lo poquito que aporta y porque no nos hacía falta ver a una Olivia mundana y maternal (Rachel carga con mochuelo) para empatizar más con ella, y porque la relación que se medio establece con Peter parece un señuelo que pueda despistar poco de la que se pueda establecer entre él y Olivia.  

De todas formas, son males menores que se quedan en nada: las tramas enganchan, los personajes igual, el procedimental, aunque inverosímil y fantástico, es sugerente en cuanto a las posibilidades que se plantean, y además el capítulo final abre la puerta (literal) a una segunda temporada muy atractiva, con un par de interrogantes arrolladores: ¿qué significan las lágrimas de Walter frente a una lápida que reza como "Peter Bishop" (es de suponer que Peter, tras ponerse malo a los 7 años, fue sustituido por su versión alternativa del otro mundo)? Y William Bell encarnado por Leonard Nimoy. Es decir, ¡¡¡míster Spock!!! Y más allá de eso, entrando de lleno en la realidad alternativa de lleno. La segunda temporada pinta inmejorable, sí.

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