Californication. Temporadas 6 y 7. Y eso es todo, Hank Moody

(Showtime. 12 episodios ambas temporadas)
Mucho tiempo después de lo que debería, Californication se despide de las pantallas.  De haber tenido cuatro temporadas podría haber sido una serie redonda y de culto. Pero como suele ocurrir con las series de Showtime (Dexter como punta de lanza), estiran el chicle más de la cuenta (miedo me da Masters of Sex). Por eso hemos visto a menudo a nuestro idolatrado Hank Moody con cara de hastío incluso ante cualquier proposición (indecente, faltaría más) de esas chicas rendidas de antemano al carisma de este escritor que en los últimos tiempos dedicaba poco de su tiempo a escribir.  

Como dije en mi comentario acerca de la quinta temporada, todo estaba dicho ya. Y en la sexta temporada se acrecienta esa sensación de que las idas y vueltas entre Hank y Karen estaban más que desgastadas, así como la espiral de alcohol y drogas del propio Moody. Porque los episodios en el complejo de rehabilitación o la depresión de Hank son inconsistentes y porque aparece una candidata ideal (bueno, un poco joven para Hank) que es Faith, una especie de musa de los artistas de rock (la parodia a este mundo, a través de un histriónico y poco convincente Atticus -Tim Minchin-, salvo por el momento autorreferencial de Marilyn Manson, es un cúmulo de tópicos), la cual, a medida que vamos conociendo, parece ajustarse a la perfección a Hank, y no digamos lo guapa que es Maggie Grace. Cuando después de los consabidos sí pero no y no pero sí, Hank se sube a la caravana del rockero y a continuación se baja para volver a pedir otra oportunidad con Karen, ya no queda ninguna duda (antes incluso de empezar la séptima): acabarán juntos como Marcy y Runkle (su boda, en pleno concierto, es de traca, pero bueno).

Vale, yo me hubiera quedado con Faith, el único aliciente de la penúltima temporada junto con la presencia de por sí de Hank y las meteduras de pata de Charlie, pero hasta eso se le podría haber perdonado a la serie. Lo que cuesta más de perdonar es el no saber qué hacer con Becca. Cada temporada a peor, como si no fueran capaces de ubicar las líneas argumentales de quien fuera una niña rarita prodigio y que ahora, cómo no, quiere ser escritora y vivir los excesos que ha conocido de su padre. Esa cara abúlica de la actriz, Madeleine Martin, imagino que es el motivo para que en la última temporada ni aparezca en la nómina de protagonistas hasta el penúltimo capítulo. Ah, no, que estaba por Europa con su novio pelanas y regordete para acumular experiencias...

En la última tanda, repetimos estructura: ahora la chica que supone una (falsa) amenaza para Karen es Julia (Heather Graham: otra cosa no, pero en el casting de mujeres no ha fallado nunca el buen gusto), sobre todo porque viene con sorpresa integrada: su hijo talludito  Levon (Oliver Cooper, a ratos divertido, a ratos histriónico, a ratos insoportable, a ratos hasta algo parecido a majete), es su propio hijo, que de alguna manera había que cubrir el hueco dejado por la hija que hasta ese momento habíamos conocido.

Para completar la jugada, Hank acepta un puesto como guionista en una serie de mala muerte, Policías de Santa Mónica, en lo que es una especie de extensión de la experiencia con Samurai cuando tenía forma de peli en la quinta temporada. Ninguno de los secundarios merece la pena, a excepción del jefe, Rath (Michael Imperioli, aunque solo sea por su pasado en Los Soprano). A alturas como en las que nos encontramos, está claro que lo que cuenta es darle un cierre a esa historia frustrada pero nunca olvidada entre Hank y Karen. ¿Necesitábamos un accidente de coche para que Hank se diera cuenta de lo importante que es para ella? Tampoco esos flashback pálidos con cortes de pelo más juveniles y una Becca bis para hacer de niña. 

Pero bueno, habrá que perdonárselo: se suman escenas divertidas y extravagantes, la media hora casi siempre se pasa rápido, casi todos los capítulos terminan con una canción estupenda, Hank no puede cansarnos nunca... Y tampoco es una serie que iba a decepcionarnos por tener un cierre tipo How I met, así que aunque sólo sea por todo lo que fue, incluso a los que nunca se han subido en el Porsche Cabriolet negro y descapotable de Hank (un nudo en el corazón cuando se despide de él tras un beso, me ha gustado más que la escena del avión) se la recomendaría, siempre y cuando no hagan ascos a ver chicas esculturales y escenas subidas de tono, que de todo hay en la viña del Señor... 

Californication no será de culto, pero ha sido una comedia tan diferente y particular, que ha dejado su sello bien alto. Y pese a que su duración ha sido excesiva, es difícil cansarse de ese niño grande capaz de meterse en cualquier lío y sin embargo salir airoso y embaucar a cualquiera, de modo que le decimos adiós con pesar. Ha sido un placer conocerle, señor Moody.

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