Tokio Blues (Norwegian wood). Haruki Murakami. Tusquets

(392 páginas. 1€. 26ª edición: 213)
A veces las casualidades se adaptan a la perfección a momentos concretos. Que este libro haya sido el último libro leído de 2013 deja pistas para que en el futuro pueda asociar la lectura a ese momento particular que es el final del año impar por excelencia. Y es que Tokio Blues es de esos libros que van más allá de lo que cuentan por motivos extraliterarios -no sólo por ser un préstamo, por una recomendación, por asociarlo a algún instante o a alguna persona- y se inscriben en aquellos títulos que si no te marcan, sí al menos te resultan demasiado próximos porque la identificación con algún personaje es inevitable. 

En este caso, me ha pasado con Toru Watanabe (que no sé por qué pronuncio mentalmente como 'Watanabi') y su sistema de valores, su melancolía y su soledad. Si le despojásemos al libro de la carga casi abrumadora de suicidios (su amigo Kizuki, con 17 años; Hatsumi, la novia de su amigo Nagasawa; la propia Naoko...) y cambiásemos las coordenadas espacio-temporales (Tokio, mediados-finales de los años 60), dicha identificación sería perfectamente factible:
Me daba igual una cosa que otra (...). Al final elegí teatro un poco por casualidad (p.26).

Y estaba mucho más hermosa de lo que recordaba. Estuve a punto de decírselo, pero no sabía cómo y al final me callé (p.31)

tenía un único propósito: tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo (p.39)

A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio (p.39)

A nadie le gusta la soledad. Pero no me interesa hacer amigos a cualquier precio. No estoy dispuesto a desilusionarme (p.76)
la gente se veía contenta y eso me hizo sentir más solo que de costumbre. Porque yo era el único que no pertenecía a ese cuadro (p.112)
Sé que no puedo esconderme en mi caparazón y dejar que las cosas pasen. Y me da la impresión de que tú haces eso (p.120)
"¿Cuántas decenas, no, centenares de domingos como éste me quedan por vivir?", me pregunté. "Domingos tranquilos, apacibles y solitarios", dije en voz alta. Los domingos no me doy cuerda (p.265)
Aquello era muy propio de mí: cuando algo me absorbía perdía de vista el mundo que me rodeaba (...) No soporto herir a las personas y encima a alguien a quien quería tanto (p.320)
Y no debemos vivir de una manera tan rígida, midiendo la longitud con una regla y los ángulos con un transportador como si la vida fuera un depósito bancario (p.352).
Tokio Blues es una revisión puntual del pasado de Watanabe, que al inicio de la novela tiene 37 años y aterriza en Alemania (no se nos dice por qué). A raíz de una canción que suena en el hilo musical del avión, Norwegian Wood, de The Beatles, se sumerge en el retrato de su juventud, cuando se fue a Japón a estudiar Teatro en la universidad, y se enamoró de Naoko, a quien le encantaba esa canción. Casi de forma lineal pese a tratarse la historia de un largo flashback, durante 11 capítulos de extensión variable (el más largo es cuando Watanabe visita la especie de residencia-sanatorio en la que Naoko trata de reestablecerse de sus dolencias psíquicas) se desarrollan los recuerdos de este chico que se califica como normal y que no lo es (suele pasar con quienes dicen ser normales)

Es imposible no engancharse con el evocador y precioso primer episodio (el cual hay que releer para apreciarlo con más claridad), que establece dos momentos temporales distintos y desplazados del orden cronológico que se desarrollará después: el del casi presente ("Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un boing 747", Watanabe aterrizando en Hamburgo) del que no se nos referirá nada en absoluto; y una escena que pertenecería al capítulo 7 (el central, el evocado en este inicio) en la que conversan él y Naoko en un paseo por ese prado y hablan de los pozos que asustan a Naoko. Contiene pasajes tan bellos como estos:
-Quizás aún no te comprenda. No soy muy inteligente y me cuesta entender las cosas. Pero, con un poco de tiempo, llegaré a entenderte. Y no habrá nadie en el mundo que te comprenda mejor que yo. (...)

Lo único que puedo verter en este receptáculo imperfecto que es un texto son recuerdos imperfectos, pensamientos imperfectos. (...)

-¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?

-Me acordaré siempre. (...) 

Por supuesto, ella intuía que mi memoria la borraría algún día. Por eso me lo pidió: "¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?".
Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable. Porque Naoko jamás me amó.
Ya en el segundo capítulo se inicia el relato sin interrupciones, linealmente a partir de entonces, desde su traslado a una residencia universitaria en Tokio (él y Naoko son de Kobe), exceptuando el quiebro con el apunte del suicidio de Hatsumi, personaje femenino fugaz e idealizado a quien sus allegados, él incluido, no supieron salvar, apunte que queda fuera de estas coordenadas temporales, evidenciando que era real el vaticinio de Nagasawa sobre que diez años después mantendrían su amistad.

No hay que engañarse. No ocurren demasiadas cosas a lo largo de estas casi 400 páginas y el ritmo es bastante lento. La relación con Naoko se interrumpe debido a sus crisis mentales y Watanabe, enamorado de ella después de los paseos que emprenden juntos tras su reencuentro casual en Tokio un par de años después del suicidio de Kizuki (amigo de él y novia de ella), busca refugio en el whisky, en las chicas con que se acuesta por mediación del fatuo pero honesto Nagasawa, en el estudio y en el trabajo, hasta que se topa con Midori Kobayashi (o ella se topa con él), una chica vital y arrolladora que le ata con la realidad, al contrario de lo que le pasa con Naoko

Se toca tangencialmente el tema de las revueltas estudiantiles a consecuencia del famoso mayo del 68 (y no de forma muy complaciente) y aparecen diversos personajes secundarios dotados de una gran fuerza, como su compañero de habitación en la residencia, Tropa-De-Asalto, Reiko Ishida (la compañera de Naoko en la residencia, una mujer de más de 30 años muy afable, profesora de música, de los más interesantes del libro, como demuestra en la narración de su propia vida: "Me rompí por dentro. ¡Crac! Se me aflojó un tornillo en la cabeza. Mi mente se hundió en el caos, todo se tiñó de negro"), el propio Nagasawa, Midori... 

Los diálogos entre Watanabe y Midori son de lo más logrado del libro, ella siempre con sus fantasías sexuales y él siguiéndole la corriente o estableciendo comparaciones inusitadas ("-¿Cuánto te gusto? -Como para convertir en mantequilla todos los tigres de las junglas del mundo entero"). La carta que le escribe a Watanabe es conmovedora, así como casi todas las escenas que comparten. Si Naoko es un amor imposible, etéreo y fatalista, Midori es lo opuesto, es la bocanada de aire fresco, jovial y entusiasta.

Se nota la admiración del autor por El gran Gatsby o El guardián entre el centeno (a Watanabe le llegan a comparar con Holden Cauldfield y es cierto que hay pasajes que comparten una cierta sintonía) y, en general, las diversas referencias literarias enriquecen la historia y la psicología de los personajes, algo similar a lo que ocurre con todas las referencias musicales. Esta es la lista de reproducción de spotify con dichas canciones:


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