Siddhartha. Hermann Hesse. Debolsillo

(224 páginas. 8,95€. Año de edición: 2010)
Han pasado muchos años desde mi lectura adolescente de Demian, que tan buena impresión me causó en uno de esos tediosos veranos en los que el tiempo libre casi amenaza por anularte. Es curioso cómo se puede asociar a veces un libro no con el momento en el que lo lees, sino con los espacios donde los lees (o al menos eso me pasa a mí: Demian y David Copperfield bajo la sombra vespertina de unos árboles en el Parque Santander; Atlas de geografía humana en el autobús que me llevaba por la tarde a la universidad; Plenilunio en el tren, de madrugada, camino a mis prácticas de instituto; La noche de los tiempos en el bajo de Valencia con el cielo azul primaveral infiltrándose por un resquicio en la ventana...).

No sé si será el paso del tiempo y si el mismo Demian ya no me agradaría tanto, pero Siddhartha me ha parecido una lectura casi superficial (a pesar de su componente filosófico-espiritual-alegórico). Fácil de leer, sí; entretenida pese a la carencia de acción (es una novela de crecimiento interior) y a la carga simbólica, pero ajena a mí, incapaz de seducirme o rendirme o deslumbrarme, tal vez porque la India y su cultura me pillan lejos (literal y metafóricamente) y no me seduce demasiado el Om, el nirvana y el sansara, Buda y sus reencarnaciones, ese estoicismo, ese misticismo de las meditaciones...

Quizá sea porque los relatos biográficos que ocupan toda una vida me dan flojera y en Siddhartha, un joven proveniente de una familia acomodada (su padre es un brahman) pasamos por numerosos años hasta que encuentra la serenidad y la paz en la margen de un río. Trasitamos por el camino espiritual y filosófico de un chico orgulloso, inteligente y con aires de grandeza que le llevan a abandonar, junto con su amigo Godiva, su pueblo, su familia y sus costumbres para irse con los samanes, algo así como ermitaños errantes y penitentes.

De esa fase pasa a separarse de Godiva, que se convierte en discípulo de Gotama Buda, un hombre santo. Ahí ve que él (así, con revelaciones súbitas), para encontrar las respuestas a su insatisfacción tiene que renunciar a la senda de las doctrinas y los maestros. Ha llegado la hora de sentir, de aproximarse a los hombres (del sansara). Bueno, sobre todo a las mujeres, ya que conoce a la cortesana Kamala, que será su guía carnal. Esta le presentará a Kamaswami, un mercader con el que observa la dependencia de lo mundano de los que llama un poco despectiva o altaneramente "niños hombres".

Aunque él parece por encima de todo eso gracias a su capacidad de ayunar, de meditar y de esperar, al cabo de los años se deja vencer por la sensualidad de los sentidos, el reclamo del dinero y la tentación del juego (dados). Alcanza su punto más bajo, puesto que queda corrompido y está a punto de tirarse al río y quitarse la vida, aunque un sueño en el que oye Om (la totalidad, la unidad, a menudo referenciada en la obra) y conoce al barquero Vasudeva, un hombre bueno y paciente ligado a la voz del río.

Allí se reencuentra con Kamala, que acude de peregrina para presenciar los últimos momento de Gotama, a punto de partir de su última reencarnación. Va acompañada del hijo de ambos, de once años, que se llama como él. Kamala sufre una picadura mortal de serpiente y Siddhartha se queda con su hijo, a quien ama sin reservas pero sin lograr conquistar su afecto, por lo que al cabo de un tiempo (no se precisa) le abandona, provocándole otra profunda crisis, aunque las enseñanzas de Vasudeva le proporcionan sabiduría y serenidad, hasta ya su vejez, en la que se reencuentra con Godiva, que no ha corrido tanta suerte en su búsqueda vital.

Lo mismo en el otro tiempo habría sembrado de subrayados el libro o hubiera sacado alguna enseñanza, pero precisamente por eso, la evolución de este hombre oriental (que podría extenderse a cualquier ser humano en busca del origen de la insatisfacción) me ha parecido bonita pero no entrañable, curiosa más que aleccionadora, interesante antes que cautivadora, una lectura para mi gusto lastrada por los hilos no tan invisibles de las intenciones y las enseñanzas, dejando la alegoría entrevelada. Ideal, eso sí, para los amantes de los libros de autoayuda, Coello, Bucay o los que buscan en sus lecturas que se les enseñe algo (la paciencia, en este caso) de manera explícita.

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