Dublinesca. Enrique Vila-Matas. Debolsillo (05/04/11)

(288 páginas. 9,95€. Año de edición: 2011)
“Después de dos años de abstinencia, está confirmando una vieja sospecha: el mundo es muy aburrido o, lo que es lo mismo, lo que sucede en él carece de interés si no lo cuenta un buen escritor”. 

Samuel Riba, editor literario retirado, aprendiz de hikikomori (lo más divertido de la novela, esa palabra y ese afán y miedo a la vez por serlo y estar atado al ordenador y al Google, para buscarse a sí mismo), es el eje de esta narración que se entreteje básicamente de la nada.

En un principio, parece que los preparativos del funeral por la era Gutenberg, que celebrará Riba con sus amigos escritores (Nietzky, Ricardo y Javier) en Dublín, conmemorando al Ulises de Joyce a la vez que celebrando el Bloomsday, idea que se le ocurre en la visita de los miércoles a sus padres, será lo vertebrador de esta novela de poco argumento salvo las obsesiones de Riba.

Sin embargo, ese acontecimiento pasa y nos queda como motivo unificador el sueño que Riba tuvo en el que salía del pub Coxwell abrazado a su mujer Celia (de gran parecido, dice, a Catherine Denueve, por quien siente una devoción erótica desde una peli en la que sólo llevaba gabardina), borracho tras dos años sin probar el alcohol. Ese sueño se cumple al final, durante las vacaciones en las que vuelve con su mujer a Irlanda. Pero tampoco acaba ahí la novela.

Por tanto, en esta novela dividida en tres partes (mayo, junio, julio) en la que todo el tiempo está lloviendo (menos al final, cuando Riba asiste a su segundo funeral dublinés, esta vez el de Malachy Moore, el genio escritor (a pesar de no haber escrito nada) que siempre había buscado, doble además de Beckett que aparece y desaparece del cementerio de Dublín), en la que unos octogenarios padres anclados en la calle Aribau de Barcelona le preguntan cada miércoles por su último viaje, en la que Celia se hace budista y el propio Riba se esconde tras su catálogo de autores y libros publicados, parece inferir algo que ya está un poco visto: la muerte de Dios, además de la muerte del argumento tradicional. Tiene mérito pasarse casi 300 páginas hablando de naderías y sosteniéndose por un personaje casi fantasmal, envejecido, solitario, casi inexistente. 

Pero resulta un aburrimiento soporífero esta novela que se te cae de las manos.

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