Cuentas pendientes. Martín Kohan. Anagrama (09/02/11)

(184 páginas. 15€. Año de edición: 2010)
La puesta en escena de esta novela es aparentemente simple: Giménez, militar de baja estofa jubilado, separado de su mujer Elvira (que vive en el tercero con su madre casi centenaria y vegetal, mientras que él lo hace en el sótano), debe cuatro meses de alquiler al Dueño.

La vida gris, anodina y superficial de este hombre se compone de pequeñas miserias: la lucha contra su propia decadencia, tanto física como económica. Su historia es la de un fracaso: la irremisible pérdida de su casa, el distanciamiento hacia su hija, un matrimonio destruido, la necesidad de acudir a putas (aunque ya sólo se le pare delante de su suegra), la soledad, la mala cabeza…

En parte da pena, pero en parte se merece cuanto tiene: detesta a su mujer, pero él mismo es detestable; no tiene con quién hablar, pero sus temas de conversación son limitados, y aún más sus puntos de vista; apenas trata con el general, que trapichea con autos y otros objetos que él le busca en los anuncios del periódico (un capítulo está construido a base de anuncios de coches y de prostitutas, muy revelador de la limitada psicología de este hombre).

El punto de vista del narrador en tercera persona no se queda, no obstante, en Giménez, sino que en el XIV aparece el Dueño, apodado Negro, profesor y escritor. Ese capítulo de transición en el foco narrativo se marca reseñándose así: “XIV, quince” (se pasa de una numeración en capítulos romanos a la numeración arábica, del estilo indirecto libre al narrador en 1ª persona). Esto ocurre, pues, ya casi al final, y terminará la novela con este hombre de clase alta, más cultivado, que por lógica no debería tener nada en común con Giménez, pero resulta que no es así. Su insatisfacción, aparte del contrato de alquiler que los une, es común en ambos: en este hombre viene a causa de su mujer, a quien siente ausente y lejana, y de quien sospecha una aventura con otro hombre. Es por eso que cuando Giménez, en la conversación que mantienen en la cocina, le pregunta sobre el asunto de la novela (por la que había aparecido en la tele), el argumento que refiere trata sobre la clase alta y la baja y las subsiguientes reflexiones, en realidad el argumento de Cuentas pendientes. Así, pues, a pesar del patetismo de la historia de Giménez, la del escritor va en paralelo.

El detallismo en la narración es notable. Los personajes están muy bien caracterizados y las historias de los demás, aunque no se desarrollan, quedan suficientemente definidas en el esbozo: por ejemplo, la mujer siempre está en casa con las persianas bajadas; se da a entender que Inesita, la hija de ambos, es una niña robada por la Dictadura, aunque tampoco se extiende más, al igual que tampoco se extiende en que su marido la ha dejado, ya que nunca la acompaña en las visitas dominicales a la casa de los padres.

Kohan demuestra su manejo de esta historia que abruma como el mal aliento. Consigue transmitir el punto de vista de un viejo trasnochado, casi sin escrúpulos, poco consciente de sus limitaciones pero al mismo tiempo consciente de sus muchos defectos en buena medida por sus complejos: se gasta el dinero en una puta envejecida, Katy, a la que achaca sus problemas de erección. Llama drogadictos a cuantos le dan mala espina, se enerva cuando el Negro le dice que le maquillaron en la tele, detesta a su mujer y le arruina la vida nada más verla… Ese cúmulo de detalles (y otros, como que en su casa no se filtre la luz del sol, con las vistas a un pequeño patio sucio al que arrojan los vecinos sus condones usados) que se nos ofrece impiden que nos compadezcamos de este hombre, al contrario de lo que pasa con el escritor, por lo que cabría hablar de nuestros propios prejuicios.

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