Tristam Shandy. Lawrence Sterne. Alfaguara (28/07/10)

(760 páginas. 23,50€. Año de edición: 2007)
“de entre todas las diversas formas que de empezar un libro se practican hoy en día a lo largo y ancho del mundo conocido, estoy convencido de que mi propia manera de hacerlo es la mejor; —y estoy seguro de que es la más religiosa: —pues empiezo por la primera frase ———y acto seguido me encomiendo a Dios Todopoderoso para que me ayude con la segunda.”
Pocas novelas tendrán el derecho a ser tan originales e imprevisibles. Si consideramos que pertenece al siglo XVIII, podría admirarnos su atrevimiento y modernidad. Por lo tanto, estamos hablando de una novela difícil. Por momentos incongruente, la característica principal, a mi juicio, junto al sentido del humor (el objetivo, al parecer, de Sterne, es propiciar la sonrisa) es su naturaleza digresiva:

Tristam Shandy se dispone a relatar su vida, un poco al modo picaresco (aunque el principal referente sea el Quijote), en primera persona, pero a lo largo de los nueve volúmenes de los que consta la obra, no llegamos a conocer directamente más que su problemático nacimiento y un incidente a los cinco años que le produjo una especie de circuncisión (con una ventana de guillotina, mientras orinaba por la ventana a instancias de una criada que no tenía a mano un orinal).

¿Qué le distrae por el camino? Los avatares de su padre y de su tío Toby (y su criado, el cabo Trim), así como cualquier meandro por el que pasa la historia. Tras un inicio genial (el momento de la cópula entre padre -un ser pusilánime y pasivo, carente de inteligencia y decisión- y madre, interrumpido por esta en su momento culminante para preguntar al marido si había dado cuerda al reloj), vamos conociendo el carácter polémico y pasivo del padre, cuya principal afición es discutir, polemizar o defender teorías peregrinas (como que el nombre de una persona dictamina casi en su totalidad su futuro: precisamente, el nombre de Tristam es uno de los más funestos para él, pero una serie de avatares desventurados, propician que al final el cura Yorick, a través de la partera, que no se queda del todo con el nombre que el padre le dicta porque no puede salir de casa o algo así, se lo ponga).

Los dos personajes más destacados (los, digamos, Quijote y Sancho Panza de esta novela) son, sin embargo, el cándido, bonachón e inocente (por no decir que tonto perdido) tío Toby y el no menos singular cabo Trim, ambos destacados ex soldados retirados del frente por heridas de guerra (la del tío Toby en la ingle, lo que dará a uno de los momentos más hilarantes, cuando corteje a la viuda Mrs Wadman, y esta se preocupe de si esa herida le impide o no mantener sexo) y que se ocupan de emular los sitios (en sus tierras) que se están llevando a cabo durante la guerra. Sus diálogos son para comer aparte.

Hay momentos muy farragosos, un léxico muy exigente (Javier Marías, el traductor de la edición de Alfaguara, incluye un glosario con vocabulario militar y términos en desuso, además de notas de la propia traducción realizada), desviaciones que resultan tediosas, una sintaxis y una puntuación de las que Marías nos previene, el particular (y peculiar) empleo de los guiones y bromas que, de no ser por las aclaraciones de las notas, no serían fáciles de entender. Se necesita tiempo y paciencia para leer esta novela. De todas maneras, los juegos metaliterarios (como jugar con la ordenación de los capítulos, anunciar la trama, detenerla, enunciar el inicio de algo que detiene hasta el próximo capítulo, etc.), el tratamiento tipográfico (páginas en negro, capítulos en blanco, asteriscos, palabras incompletas, dibujos de líneas...) y la modernidad del propio relato hacen de esta obra una obra fundamental y vanguardista.

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