Manhattan Transfer. John Dos Passos. Edhasa

(576 páginas. 26,50€. Año de edición: 2005. 1ª edición: 1925)
A través de fragmentos, de escenas sueltas (no en vano la novela ha pasado a la historia como el primer gran éxito de montaje cinematográfico sobre la narrativa literaria, en lo que es un claro precedente de La colmena de Cela), se nos ofrece una visión global de la ciudad de Nueva York a principios del siglo XX, en un periodo indeterminado que abarca unos veintitantos años, los que cumple Ellen Thatcher, cuyo alumbramiento supone el inicio de la novela.

Aparte de Ellen, y de su atribulado padre, Ed Thatcher, nos encontramos una galería inmensa de personajes que aparecen y desaparecen y que conforman un universo caleidoscópico lleno de realismo y de vida. También, por qué no decirlo, de pesimismo. Casi todos los personajes (por no decir todos) muestran una clara debilidad de carácter, y raro es el personaje totalmente positivo: o beben, o mienten, o chantajean, o roban, o sufren, o son incapaces de adaptarse al entorno (como Bud Koperning, que llega a la gran ciudad en busca de un trabajo que no llega nunca, aunque también está lastrado por el parricidio que cometió antes de llegar y que será su obsesión hasta tirarse por el río Hudson; o como Tony Hunter, homosexual que lucha contra su condición; o como Joe Harland, alcohólico que una vez fue el rey de la Bolsa)... A veces protagonizan una única escena, otras veces los vemos desfilar varios años después. Como Émile y Congo, franceses, que empiezan de camareros, y luego emprenden un desarrollo por separado muy desigual: mientras el primero se casa por interés con madame Rigaud, el segundo no para quieto, va y viene, viaja, se adapta, se lucra gracias a la ley seca, y se jactará de tener como cocinero, años después, a su amigo Émile, quien pronosticaba que no llegaría muy lejos por su afición a las mujeres y su falta de ambición. O como el abogado George Baldwin, que va muy de la mano de Gus Mc Neal, lechero que sufre el atropello de un tranvía y George le consigue una indemnización, la cual será el inicio de su fortuna y su carrera política corrupta. George es un ejemplo de la trayectoria psicológica que recorren los personajes de esta novela: se lía con la mujer de Gus, Nelly (tiene una gran afición por las jovencitas hermosas y casadas) y nunca está satisfecho con su carrera, primero en la abogacía y luego en la política. El poder siempre exige más.

El retrato no suele ser complaciente, ni siquiera con los dos personajes principales, Ellen y Jimmy. Ambos llegan a casarse a pesar de que ella, recién divorciada de JoJo (un petulante y estrambótico actor) y enamorada de Stan Emery, un joven aristócrata que solo piensa en juergas y en emborracharse, acaba de sufrir un aborto. Tras un viaje elidido, regresan a Nueva York casados y con un hijo, Martin, pero la relación, que podría ser el final de cualquier novela, no se queda ahí y se divorcian. Y es que Ellen (Elaine/Helena) es una caprichosa, egoísta y veleidosa que no sabe bien lo que quiere, salvo mantenerse joven y deseada, además de tener dinero. Jimmy Herf, que pierde de niño a su madre, también anda desorientado, aunque sea de los más íntegros. No sabe si quiere seguir siendo periodista y se emborracha demasiado.

La novela está dividida en tres secciones, la primera y la última con cinco capítulos, la segunda con ocho (la más centrada en Jimmy y Ellen). Los capítulos se inician a modo de acotación o de marco contextual, en cursiva. Las descripciones son precisas y los diálogos realistas, nada literaturizados. Vemos Wall Street, la Primera Guerra Mundial, los años de la ley seca, el inicio de la grandiosidad de la ciudad en la isla de Manhattan, el papel de la inmigración, de las ideas políticas y sindicalistas, el nacimiento de los grandes rascacielos, el creciente poder de la prensa (sobre todo sensacionalista)... Se trata de una novela moderna, enérgica, llena de fuerza, expresividad y sagacidad, de la que sin destriparte lo que pasa (a veces te pierde un poco), es capaz de dar respuesta a muchas cosas que no están planteadas directamente. Un clásico que no ha perdido vigencia que es analizado con exhaustividad aquí.

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