Fantasías animadas. Berta Marsé. Anagrama (22/06/10)

(248 páginas. 17€. Año de edición: 2010)
Hondura, ternura, comicidad… Cada uno de los siete relatos de este libro consigue meterte en el mundo de lo narrado con una apariencia de sencillez encomiable. Si hubiese que calificar el conjunto, la nota sería muy alta porque es alta la calidad de todos los relatos del libro. Predomina el tono socarrón y divertido, a veces hilarante, con situaciones muy conseguidas, muy realistas, costumbristas, “de la vida misma”. Sobre todo a partir del diálogo, Berta Marsé va enhebrando historias que nos delatan como seres humanos en nuestro día a día, en nuestras más bajas o rutinarias acciones.  No importa demasiado que se vislumbren unos finales algo previsibles porque lo importante es dejarse llevar por la prosa ágil y funcional de Berta Marsé, que prosigue en su línea de mostrarse cercana y entretenida, sin ínfulas de buscar una trascendencia que lastraría su narrativa. Su apellido, por tanto, no es, ni mucho menos, la única razón de haber conseguido publicar. Estableciendo comparaciones (siempre odiosas), podríamos decir que estamos ante una versión mejorada (y cuentística) de Elvira Lindo.

En Los Pons Pons, el narrador, Javier, un “reputado guionista de series cómicas para la televisión”, desvela su pasado en un Seminario de Creación de Guiones. En forma de conferencia o de charla, pues, que a su vez luego se vale de la forma de guión (“Interior/Amanecer. Salón de mi casa”) y diálogos directos, da pie a que se cuente una historia en la que la influencia de su particular familia (una hermana pequeña inteligente, una madre enganchada al teléfono, un padrastro buenazo y conformista, un abuelo tiránico pero decadente y una tía huraña y esquiva, repudiada por su padre por un asunto no bien aclarado en el pasado que acaba resultando guardar un secreto), así como su pasión por ‘Los Pons’, una irreverente y cachonda serie de tele de los años 80 (ambos aspectos posteriormente se unirán, son fundamentales para explicar por qué ahora escribe), son los ejes. Partiendo de una escena que se corresponde con la renuncia de Javier a presentarse a Selectividad, se nos explica luego el motivo de su apatía, de su derrota moral, conectada íntimamente con un descubrimiento atroz sobre ‘Los Pons’.

Posiblemente, Lo de don Vito sea el relato más divertido de todos. “La amistad entre Eva y Olga se remontaba a casi veinte años atrás”; esa amistad “Creció, floreció y se marchitó. Fue por lo de don Vito”. Punto por punto (“Punto nº 1: Olga se lo merece”, etc.), se nos va explicando por qué pasa eso. Don Vito, el viejo y enfermo pequinés de Olga, queda bajo el cuidado de Eva cuando a Olga le toca un viaje al Caribe. Sucede que don Vito muere atropellado por un camión en un descuido de Eva, ya que cuando su hija Pili sale a comprar un helado, el perro sale tras de ella: “Eva se sintió tan horrorosamente mal que casi perdió el conocimiento”. Todo se enreda después: Santi, el marido de Eva, es partidario de contar la verdad, Pili piensa que es mejor así (“seguro que no se ha enterado de nada”), y mientras Eva va entrando en una terrible depresión porque siente que es y ha sido incapaz de cuidar nada y que ha fallado a su amiga. Tan desesperada es la situación, que a Pili se le ocurre recoger a un pequinés abandonado cerca de la estación, al que tienen que lavar y teñir un poco con Andina mientras Santi no da crédito. Aquí llega un momento desternillante:

–¿Se puede saber qué pretendéis con ese potingue apestoso?
–Afloja un poco, hija, que lo estás estrangulando –dijo Eva.
–¿Me estáis escuchando? –seguía Santi–. ¿Acaso os habéis vuelto locas?
Eva metió sin querer un poco de Andina en el ojo del animal y éste se quejó.
–Hostia, mamá –le increpó Pili.
–Es tu padre, que me pone nerviosa.
–¡Creo que tengo derecho a saber qué mierda le estáis haciendo a este pobre perro! (…)
–Andina es con lo que nos teñimos los pelos de los brazos, papá –dijo Pili (…)
–¿Que os teñís los pelos de los brazos con qué? ¿De qué está hablando, Eva?
En Los amigos perdidos, cinco amigas (Ana Rivas, Ana Ros, Begoña, Magda y Rocío, que se retrasa) se reúnen cada cierto tiempo en El Avispero, un bar donde Modesto, a punto de jubilarse, sirve la mesa y está atento a todo cuanto sucede con estas cinco víboras que se despellejan unas a otras cuando alguna no está delante. La poca sinceridad entre ellas, los cotilleos y marujeos y la falta de compasión de casi todas conforman un cuadro muy bien conseguido de una serie de mujeres de mediana edad que se ponen al día de sus cosas y de las de otros. El párrafo inicial –luego repetido parcialmente por Begoña– funciona a modo de presagio, así como la imagen de las amigas reunidas en torno a la fondue humeante, como unas brujas en aquelarre.

Con Cocinitas pasamos al mundo infantil: dos amigas, Susi y Lorena, de siete años, suben a casa de la vecina, Natalie, de madre alemana, que está enferma. Ambas envidian el colmado que le regalaron por los Reyes Magos y no dudan en jugar (aunque dejen al margen a la enferma) con todas sus ansias, aunque al final la enferma se vengará de las dos niñas revelándoles un secreto.

En El bebé de Rosa, la cita de Capote (“Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror”) sirve para que entremos en materia. La trama transcurre en una urbanización (Los Pinos verdes) llena de vejestorios inquietantes para Rosa, que se queda embarazada y se deja influenciar por la película de terror La semilla del diablo por más que su marido, Paco, se lo intenta quitar de la cabeza.

Gran noche de Gala es otro relato donde parece que no pase demasiado pero que encierra lo mejor de la narrativa de Berta Marsé: se trata de un día cualquiera de la divorciada Teresa Durán, que tiene que recoger del colegio a su niño, Carlitos, de cinco años y medio, que se ha hecho un chichón en la cabeza, y luego a su padre al hospital por unos rasguños, aunque lo peor es el deterioro que demuestra, pues desde que enviudó no está igual. Además, no puede contar demasiado con su hermana Belén, que no se termina de recuperar de una ruptura amorosa. Los “Meeec” (sonido como el de la máquina cuando escupe la tarjeta de abono) suelen dar paso a todo aquello que trastoca a Teresa. Unos cuantos inconvenientes y Meecs se suceden a lo largo de ese duro día (representativo de cualquier otro, pero con contratiempos añadidos). Con todo ese ajetreo se olvida de que hoy es la Noche de Gala, cuando entregan los Óscar, algo que no se perdían las dos hermanas. Fantásticos los diálogos que se entrecruzan, incluidos los de aquellos cotillas que se entremeten para dar sus opiniones (pero no su ayuda).

Y para el final, puede que el mejor relato, Las Prosperinas, aunque de un tono diferente, pues el humor y la comicidad dejan paso a la hondura y a las emociones: Carmen, Carmeta, debe afrontar que su amiga (y pareja) Pina, como ella ya en la setentena, tiene un tumor en el cerebro: “El cerebro registra nuestra experiencia vital a la perfección, al detalle. Y piense que todos nosotros estamos hechos de recuerdos, recuerdos que almacenamos”, le dice Myriam Ibáñez, la neoróloga. Lo curioso es que ese tumor trastoca el humor y la forma de ser de su amiga, aunque luego se ve que a través de él consigue acceder a recuerdos de su pasado que fueron para ella muy liberadores. La búsqueda del misterio de quiénes son las “Prosperinas” sirve a Carmen y a toda su familia (los hijos de Pina, Javier, Jesús; la nieta, Ivonne) para seguir adelante y unirse en la adversidad.

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