El informe de Brodeck. Philippe Claudel. Salamandra (23/05/10)

(288 páginas. 17€. Año de edición: 2008)
El informe que encargan al narrador y protagonista, Brodeck, tras la muerte del “Der Anderer” (el otro, en alemán), le supone una encrucijada, puesto que tendrá que revolver asuntos turbios en un pueblo pacífico y tranquilo (en apariencia), al igual que tendrá que bucear en el fondo de su memoria, una memoria por la que ha pasado por todo tipo de trances: desde su orfandad a cuando Fédorine, una mujer mayor, le recoge y va con él hasta dicho pueblo, que posteriormente le dará la espalda cuando el ejército enemigo (caracterizado siempre en términos vagos, al igual que la ubicación, aunque se puede identificar perfectamente que estamos viendo un pueblo alemán, así como la sinrazón nazi de los campos de exterminio de judíos, aunque podríamos realizar una lectura alegórica, no casaría mal con el libro) aparezca en el pueblo.

La precisión y belleza de las descripciones, tanto paisajísticas como humanas, no son sino un inicio a una historia descarnada, dura, cruel y despiadada. El informe, que luego es una mera excusa, que Brodeck debería estar escribiendo da paso a la novela que leemos, novela que termina cuando se va con su mujer, Emélia, enajenada tras una violación múltiple en la que participaron los del ejército y sus propios vecinos, y Poupchette, su hija, nacida de ese horror, pero que sin embargo supone la nota de esperanza y de belleza en medio de ese panorama tan aterrador.

Si bien al principio tanta vaguedad y tanto lirismo me recordaron las típicas estratagemas de narraciones sobre campos de concentración o ampulosos retratos costumbristas con toques moralistas y analizantes del corazón humano, pronto la dura historia te va enganchando. Contada a retazos, en vaivenes del narrador, que se disculpa en alguna ocasión por no darle un tono más lineal y coherente, vamos sabiendo, sin ningún orden cronológico, todos estos aspectos, recalcándose pronto que la estancia del narrador en un campo de concentración, con todas las vejaciones contadas lo más objetivamente posible, es uno de los ejes centrales de la obra, que no hace sino indagar en los aspectos más ruines del alma humana, aspectos que salen a la luz en los momentos difíciles. Dichos aspectos son, de hecho, los que originan la muerte del Anderer, un peculiar y peregrino personaje que llega no se sabe de dónde y trastoca con su particular manera de observarlo todo al pueblo, que se pone de acuerdo para asesinarlo después de una exposición con los retratos de las personas más destacadas. En estos retratos refleja todo aquello que emana de cada uno de ellos: la vileza, la envidia, el miedo, aquellas debilidades que se procuran no demostrar abiertamente. Al final, el protagonista se rebelará contra la pasividad imperante y por eso abandonará el pueblo, recalcando la importancia de su propia existencia.

Una hermosa y cruda narración en forma de fábula con moraleja implícita que se vale en gran parte de una escritura cuidada y con un estilo propio. La dureza de la historia contrasta con el lirismo de los sentimientos que es capaz de sentir Brodeck hacia paisajes o personas queridas. Otro aspecto destacado es el amplio vocabulario utilizado. Ese pesimismo que recubre toda la obra no impide que sea admirable el empeño de Brodeck por mostrar su voz.

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