Conversación en la catedral. Mario Vargas Llosa. Punto de lectura. (Junio 2009)

(736 páginas. 6€. Año de edición: 2009. 1ª edición: 1969)
Aunque me costó hacerme con la lectura debido a la cantidad de datos que te sobrevienen desde el inicio (un inicio que no es tal gracias a la circularidad de la estructura) y también por el aclimatamiento a los peruanismos y, en general, al habla americano, poco a poco, si se tiene un poco de paciencia, va uno entrando en materia (y, de forma progresiva, en admiración).

Puede que al principio no entiendas las motivaciones de los personajes gracias a esa segmentación tan acusada de la obra, donde se ha producido un collage parsimonioso, pero el influjo de la prosa de Vargas Llosa influye para que no te importe demasiado conocer prácticamente casi toda la información en la primera parte. Más que la misma historia, esa confluencia de conversaciones, de pensamientos, de inquietudes de todos los personajes (pero sobre todo el flaco Santiago y el zambo Ambrosio) es lo que llama más la atención. Aunque no te importasen los porqués, seguiríamos adelante como hipnotizados.

Y ya, una vez cautivado por el ingenio creativo del narrador, oculto en esa conversación en el bar La Catedral, donde se reencuentran Santiago y Ambrosio, viejos conocidos desde que el padre de Santiago tuvo contratado a Ambrosio como chófer, lo importante no son las más de setecientas páginas, ni los avatares del propio don Fermín, ni la señora Hortensia, ni de Amalia, ni de don Cayo, ni de Queta, ni de los otros numerosos personajes que deambulan un poco más en segunda fila (Ludovico, Hipólito, Carlos, Ana, Popeye, el Chispas, la Teté, Zoila, Lozano, don Hilario...).

Aparte de este engranaje donde se nos intercalan diálogos de distintos planos temporales (la pista del presente para no olvidarnos de que todo parte de esa conversación en La Catedral, diferenciándolo de todos los restantes, en pretérito perfecto simple o pretérito pluscuamperfecto), llama también la atención la individualización de cada uno de los personajes gracias al recurso del contrapunto por medio de diferentes técnicas (las secuencias, principalmente). No hay personajes buenos ni malos (aunque a Cayo Mierda nos cueste más verle alguna bondad), sino seres vivos (con textura de tinta, eso sí). Y, por si fuera poco, se nos retrata el ambiente del Perú de los años cincuenta y vemos las motivaciones de esos dirigentes (militares o acaudalados empresarios), distanciados a años luz de los habitantes que luchan (se "friegan") por ganar los soles que les permitan vivir.

Cuando una obra literaria de este calibre encima te impulsa a releer el principio para ver cómo te cuadra todo mejor, ya que conoces cada nombre, cada sobrenombre, cada sobreentendido explicado luego, no queda más remedio que rendir pleitesías y dar las gracias por el buen rato que nos ha proporcionado el libro.

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