Dublineses. James Joyce. Alianza (05/09/11)

288 páginas. 10€. Año de edición: 2011 (1914)

Como siempre ocurre cuando comentas un clásico, hablar negativamente de algo resulta cuanto menos un ejercicio arriesgado: ¿quién te crees que eres para criticar a un tal James Joyce? Así que hay que tomarse con cautela afirmaciones como que este libro compuesto por 15 relatos me ha dejado frío.

En conjunto, la impresión en cuanto a libro unitario es fantástica y me imagino que Dublineses será uno de los libros de relatos pioneros en cuanto a tema común: empezamos con relatos cuyos protagonistas están en la infancia y terminamos con el titulado Los muertos (considerado como la obra maestra del conjunto: una reunión familiar en la que el protagonista, Gabriel Conroy, después de la fiesta, se queda tocado por la revelación de su esposa sobre un antiguo amante; aunque en realidad es difícil explicar de qué trata: primero viene todo lo referente a una celebración con amigos, con conversaciones fútiles y vacías, de modo colectivo, para luego acabar centrados en un enfoque más íntimo, aunque, a la postre, igual de vacío). El arco de la existencia humana, pues, está tratado en todas sus edades.

Siguiendo con apreciaciones genéricas, hay que destacar el magistral empleo de la descripción, tanto física como de ambientes (Dublín es el escenario, pero al mismo tiempo el protagonista de la colección). El vocabulario es amplio, preciso y exigente. La caracterización de los personajes, asimismo, sobre todo a partir de sus diálogos (no ya verosímiles, sino casi cinematográficos, los lees pero es como si estuvieras oyendo a los interlocutores), es fabulosa. 

Eso sí, si luego te preguntas por algún personaje en particular, cuesta más referir a alguien: ¿el niño que hace novillos y conversa con un extraño hombre (Un encuentro)?; ¿el muchacho enamorado de la hermana de un amigo suyo, por la que va a un mercado cayendo la noche (Araby)?; ¿la chica que duda entre irse a Buenos Aires con su novio, o quedarse en Berlín a merced de su borrachuzo padre? (Eveline); ¿el empleado que es incapaz de escribir un par de líneas y que se escapa del trabajo a beber una pinta y acaba respondiendo a su jefe, para más tarde referirlo en la taberna con sus amigos, y, ya para rematar, al terminar el relato, enfadarse con su hijo a pesar de que su autoridad moral es nula (Duplicados)?

Algo parecido ocurre si tengo que destacar un relato: me costaría horrores (al igual que crucificar uno de ellos) porque me cuesta individualizarlos. Y es que me da la impresión a veces que son como apuntes para una novela, o bosquejos costumbristas que el autor vaya a utilizar después para un relato más amplio. Para mi gusto, los relatos no pasan de mera anécdota o puntual apunte, sin demasiada trascendencia, a pesar por la tendencia a sugerir (cómo es la sociedad, la religión, el rechazo de lo inglés, la pobreza, las costumbres). No llega a aburrir el libro, pero tampoco (ni mucho menos) a entusiasmar.

Comentarios

amelche ha dicho que…
Yo el que casi no pude acabar (me salté trozos y alguna página entera, lo confieso) fue el Retrato de un artista adolescente. Menos un par de páginas de una estupenda descripción de cómo vio a la mujer amada en la playa, el resto es infumable.

En cuanto a Dublineses, a mí sí me gustó cuando lo leí en la carrera (era uno de los libros obligatorios en 3º) y el que más me gustó, el último. Aunque nunca supé por qué lo tradujeron en plural, para mí sólo hay un muerto. (En inglés The Dead puede ser singular o plural.)

Pero puede que el traductor original tenga razón, porque en el discurso de la cena de navidad Gabriel, el protagonista, habla de que, en un día como ese, nos acordamos de los que murieron en el pasado. Y, tal vez, estén ya todos muertos ya, en esa existencia gris y anodina que llevan.

Creo que de eso es de lo que se da cuenta Gabriel cuando su mujer se queda dormida después de haber estado llorando y él se queda de pie junto a la ventana viendo cómo nieva en Dublín, en toda Irlanda, incluso en la tumba de Michael Furey (un antiguo novio de su mujer, que pilló una pulmonia por ir a verla sin abrigo en un día frío). Cuando se da cuenta de que, después de toda una vida con su mujer, ella aún sigue recordando con tristeza a aquel novio muerto prematuramente, que él lleva tropecientos años casado con ella y, sin embargo, no es tan importante o no ha sido tan importante en su vida como Michael Furey. Tal vez porque él no se atrevería a ir a buscarla en una noche con un tiempo de perros como esa misma noche, porque él siempre se queda al margen de las cosas, viendo cómo pasan delante de sus narices, pero sin actuar. Que quizá Michael Furey la amó mucho más que él y por eso lo odia, le entran los celos y, al mismo tiempo, se odia a sí mismo por no ser capaz de sentir así, de vivir así, hasta el último aliento. Y se queda junto a la ventana viendo nevar en todo Dublín, sin saber qué hacer o, más bien, sin atreverse a cambiar de vida, a vivir más intensamente.

Lleva toda la tarde soñando con el momento en que, por fin, se vayan de ese rollazo de reunión social de compromiso con sus tías y los amigos de sus tías, en que por fin pueda estar a solas con su mujer. Y, cuando por fin consigue estar a solas con ella, ella se echa a llorar y él ya no se atreve a confesarle cuánto la desea, cuánto tiempo lleva esperando ese momento. No se atreve a decirle: "Michael Furey ya no está, pero yo sí y te deseo, te quiero, y ahora mismo lo vas a comprobar". Y se odia por ser tan cobarde.

A mí me parece que, sólo por esa escena final, ya vale la pena haberse leído todo el libro, fíjate.
amelche ha dicho que…
Te he soltado un buen rollo, pero es que, desde que tuve que ir a hacer un examen oral sobre Los muertos justo el día en que se murió mi abuelo, le tengo a esa historia un cariño especial.

Mi abuelo Joaquín
Juliiiii ha dicho que…
Qué bien explicado el relato, me han dado hasta ganas de leérmelo otra vez.

¡Muchas gracias por tus aportaciones!
amelche ha dicho que…
De nada. :-D

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