Viaje al fin de la noche. Louis-Ferdinand Céline. Edhasa Pocket (06/08/2011)

576 páginas. 10,95€. Edición original: 1932.

No me ha gustado nada, de principio a fin. Un narrador en 1ª persona que presenta en torno a sí una sucesión de experiencias sin explicación ni transición alguna, que a menudo descuida la acción en favor de unas tediosas y nihilistas reflexiones. A eso se reduce el libro.

Empieza la obra en París hablando con un amigo, se burla de Francia y de la Guerra (porque así es él, transgresor, aventura unas aseveraciones polémicas, incendiarias o provocadoras), se junta a un grupito de voluntarios que marchan y ale, de pronto ya está alistado en la I Guerra Mundial. Pasa un miedo atroz (porque no quiere morir), le diagnostican una especie de locura, le llevan a un sanatorio, se enamora un par de veces y al final se mete en un lamentable barco en dirección a África, a pesar de que su sueño es otro continente: América (a raíz de una novia americana). 

Allí lo pasa mal de otra manera, con el hambre y las enfermedades. Conoce diversos colonos a cual más extraño y todas esas peripecias son aburridas, desvaídas, dispersas. Los acontecimientos más impactantes o noticiables biográficamente son estos de la primera parte de la novela, supuestamente la más interesante. A pesar de eso, me he saltado páginas sin que te pierdas demasiado, y por momentos el estilo reflexivo (que no el tono incendiario) y soporífero me recuerda a La montaña mágica, de Thomas Mann, otro plomo renombrado en el que tuve que saltarme páginas para poder sobrevivir o sobrellevar el aburrimiento.


Da el salto a América desde África siendo reclutado como esclavo o galeote o algo así (o no se explica mucho o la explicación es insatisfactoria o mi lectura ha sido lamentable), y ahí se medio enamora de Molly, una prostituta que es una especie de ángel salvador y generoso. Antes, trabaja explotado en la Ford y luego regresa a Francia, retoma la carrera, ejerce como médico en Rancy, un humilde barrio parisino. La pequeñez y la miseria vuelven a tomar un cariz atroz, como atroces son los pensamientos del autor 
(“Ya no hay vida para las llamas.
 Ya no hay vida en el mundo para nadie, salvo un poquito para ella y todo está casi acabado…”). 
Creo que la gran fama de este libro se debe a que fue un precursor de estos narradores pesimistas y sin pelos en la lengua, pero a mí este tipo de escritores tan fatalistas con respecto al género humano, estas historias en las que transcurren años y años (aunque aquí con el agravante de que se pasa de unas anécdotas a otras sin ton ni son, de unos personajes secundarios a otros de una manera ligera, precipitada), no me terminan de convencer. 

Y más cuando aparece un tipo repetitivo y absolutamente inverosímil como Robinson (a quien conoce en la guerra, aunque a mí me empieza a sonar en África, cuando teme el narrador que lo asesine), quien es un tipo repulsivo e indescifrable. Una sórdida trama en torno al asesinato de una vieja para conseguir 1000 francos le depara a Robinson un accidente que le deja casi ciego, aunque luego se recupera y Madelon, una mujer enamorada de él, termina disparándole en un taxi (en una de las tantas escenas sin sentido de la novela). Pocas páginas después, termina la lectura como empezó, sin consecuencias para el lector salvo el alivio por el fin y el nulo sentimiento de culpa por haberme dejado de leer unas cuantas páginas, que podrían haber sido más o directamente el libro entero sin leer.

Me quedo, para acabar, con este párrafo, en consonancia con el espíritu del libro (página 274):
Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.

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