Ana Karenina. Leon Tolstoi. Austral

1044 páginas. 15,95€.  Año de edición: 2010 (1878)

Novelón de más de 1000 páginas dividida en 8 partes (por lo que es recomendable su lectura en periodo estival), se trata de una de las cimas de la literatura realista, un ejercicio clásico de narrador omnisciente. Como ocurre con casi todos los clásicos, su frase inicial es un ejemplo de cómo arrancar bien una obra:
Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

Aunque lleve el nombre la novela de una de las protagonistas, Ana Karenina (Ana Arkadievna), esposa de Alexis Alejandrovich Karenin, alto cargo en el Ministerio, en realidad el protagonismo recae en el bueno de Constantino Dmitrievich (Levin), aunque sea por contraposición a Ana. 

El espíritu ruso que aparece en las obras de Dostoyevski se respira también en las páginas de Tolstoi, aunque este se centre en aspectos distintos. El minucioso desarrollo psicológico de los personajes (no sólo los de los tres ya citados, sino también los de otros protagonistas, como Esteban Arkadievich Oblonsky (Stiva), su esposa Daria Alejandrovna (Dolly), la hermana de Dolly, Kitty Scherbazky, el (inicialmente) pretendiente suyo, el conde Alexis Vronsky e incluso los hermanos de Stiva, Sergio Ivanovich Kosnichev, un famoso escritor, y Nicolás, de vida disoluta y errática) es una parte de este retrato global de la sociedad rusa, marcada por las apariencias y las estúpidas e inevitables reglas de urbanidad.

Como en otras dos grandes obras del siglo XIX (Madame Bovary, La Regenta), el núcleo central lo ocupa la historia de un adulterio, el que consuma Ana, que había ido a Moscú a visitar a su hermano Esteban y su mujer Dolly para mediar en la infidelidad del primero, con Vronsky, pretendiente de Kitty, que la conoce en la estación de tren (ya que su madre viajaba en el mismo tren que Ana). Vronsky seguirá a Ana a San Petersburgo y conseguirá su propósito de seducir a la bella Ana, cuyo matrimonio es infeliz, al haberse casado demasiado joven. Sólo su hijo Sergio le daba alegrías.

De los aspectos más interesantes de la obra están estas escenas del ferrocarril, ya que en esta inicial donde Ana y Vronsky se conocen, un hombre ha sido atropellado por el tren: es la prefiguración del destino de Ana, que, enajenada porque cree que Vronsky ha dejado de amarla, se arroja a la vía.

Lo mejor, para mi gusto, es desarrollar no sólo el proceso de la conquista y rendición de Ana, o las vueltas que da Levin en torno a Kitty (quien, de primeras, rechaza al que será su futuro marido, considerando que Vronsky es mejor partido, una idea que le inculca sobre todo su madre) hasta que se casan y tienen un hijo, sino también que examina con profundidad lo que pasa después: el desgaste de las relaciones, las dudas, los celos, las inseguridades en pareja. En Ana, se ve cómo renuncia a todo (ser nuevamente madre, a su propio hijo) para dar rienda suelta a su pasión, pero a la vez ve que sus renuncias no están a la altura de su amado, quien parece dudar de si ese amor merece la pena o si coarta su libertad. Asimismo, es de destacar cómo el autor concilia en casi todos los personajes unas contradicciones en teoría irreconciliables, pero que son la base de la mayoría de nuestras personalidades.

La minuciosidad con que Tolstoi relata hace que algunas escenas se soporten a duras penas, sobre todo aquellas conversaciones de actualidad que ahora nos quedan lejanísimas, como las intrigas cortesanas, las normas de cortesía, la contraposición entre campo (represantado por Levin) y ciudad (representado por Esteban), las disputas políticas, filosóficas, teológicas y sociales, las consideraciones sobre el alma eslava (no entiendo, por cierto, por qué en la edición de Austral que he leído se escriba Serbia con 'v'), la revolución, la disposición social, que están desarrolladas con una extensión excesiva. Hay pasajes soporíferos.

Otros, como en las descripciones tanto de las ciudades, como de las propiedades de Levin y sus alrededores, como en las disquisiciones sobre la vida y la muerte son riquísimas, gracias al detallismo y la riqueza léxica y expresiva del autor. No todo es morosidad, por lo que los avances en las relaciones de las dos parejas (y de los otros personajes, así como de otros sucesos) enganchan desde un primer momento. Momentos como el de la carrera de caballos en el hipódromo donde el caballo de Vronski, el nervioso Fru Fru, cae en un obstáculo (desencadenando la confesión de Ana a su marido acerca de su aventura con él) parecen casi cinematográficos.

Lástima que el fin moralizador esté demasiado presente: es por eso que Levin es el contrapunto de Ana. Mientras que para el autor el amor ilícito de Ana le lleva fuera de las convenciones sociales y familiares, y por eso tiene ese punto irracional y censurable, y de ahí su final aciago, que como mucho puede inspirar compasión, Levin y Kitty son felices dentro del marco tradicional del amor cristiano, el otro aspecto que lastra la concepción del libro, sobre todo en la última parte, centrada en las dudas de Levin, que no dejan de ser el eje central de la concepción del autor: sin el amor a Cristo parece que no se pueda ser buena persona. Aunque no sólo por eso Levin no resulta un personaje tan intenso como Ana, sino porque esa bondad inherente en él, esas dudas sobre la finalidad de su vida, no son tan "literaturizables" como la rebeldía de Ana, por más que subyazca la condena del mismo autor hacia ella.

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