The Crown. Temporada 1

(Netflix. 10 episodios: 04/11/16)
Contiene spoilers

El gran mérito de esta serie, y hablo por mí mismo, es que sin ser la corona inglesa en general, y la reina Isabel en particular, asuntos que me interesen lo más mínimo, la primera temporada de esta serie ha conseguido atrapar mi interés por completo. Es difícil no quedar fascinado por la impecable factura de The Crown, que nos transporta a Buckingham Palace y Downing Street en los primeros años de reinado de Elizabeth II. Después de verla, no se te ocurra ponerte con The Queen, por ejemplo, o te parecerá una cutre producción de serie B. Nada que ver con la grandiosidad que transmite en todo momento la joya de Peter Morgan.

¿Qué méritos tiene en su haber? Aparte de la fiel recreación de la época, de la caracterización de los personajes, la banda sonora a cargo de de Hans Zimmer y una cabecera egregia para irte poniendo a tono, nos trasladamos a los fastuosos (pero sobrios) escenarios del Imperio Británico dirigido en ese momento por un rey muy querido por los británicos, George VI. Hay que estar preparados para disfrutar de diálogos de amplio calado, de una dirección de fotografía impecable, guiones muy bien trabajados y, en general, un excelente gusto por cada detalle.

En general, es difícil destacar a algún actor que no esté a la altura. Cuesta apartar a alguno de una alta consideración, aunque es verdad que yo coronaría a John Lithgow, que se marca un Winston Churchill inconmensurable, lleno de matices que van desde un vetusto gruñón que se sabe todas las tretas, a un anciano que no admite estar en la prórroga de sus días al frente del servicio público de su país, la tarea que ha ejercido desde antes de la guerra con una astucia propia de los elegidos. 


La relación casi paterno filial que se establece con la nueva monarca marca estos primeros años, aunque también debe lidiar con las voces disidentes de su propio partido laborista, que piden renovar la escena a través de Anthony Eden (Jeremy Northam), al cual le estallará el conflicto egipcio. Por algo los mejores capítulos son el cuarto, Act of God, y el penúltimo, Assassins, en el que hay una confrontación dialéctica, intelectual y espiritual incomparable con el pintor modernista Graham Sutherland (casi irreconocible Stannis Baratheon o, lo que es lo mismo, Stephen Dillane, que se marca una aparición episódica insuperable), que es el encargado de pintar el retrato de Churchill para conmemorar su 80 cumpleaños. Le acompaña en todo momento su esposa Clementine, con una Harriet Walter muy elogiable.


Claro que la principal protagonista no es otra que la Reina Elizabeth II (Claire Foy consigue mimetizarse con su personaje desde la contención de los gestos). Enamorada de Philip, duque de Edinburgo (Matt Smith también estupendo, empezando por el parecido con el original), su relación es uno de los principales focos. Se subraya, por ejemplo, en la elección de votos al casarse, en la que ella misma se empeña en incluir la palabra "obedecer". Claro que eso era antes de que su padre falleciese. 

Philip no soporta estar en un plano de subordinación con respecto a su esposa. Sacrifica por ella su carrera militar, pero lleva fatal que los focos no apunten a él. Todo su progresismo, esa vocación democratizante suya, se va al garete cuando sale a relucir su machismo. Y vale que las leyes de la corona son injustas en cuanto a que si el heredero es rey y se casa, su mujer pasa a ser reina, mientras que si es al revés se queda en un mero duque, pero se comporta como un crío adolescente y supera sus frustraciones de juerga en juerga (juergas que no se ven en pantalla, es de suponer que para evitar demandas).

El principal dilema de Elizabeth, que mantiene su nombre tras la coronación (¿para qué complicarse?), es esa confrontación entre el plano real y el familiar. No solo con Philip, a quien falla una y otra vez porque sus deseos chocan con la rigidez protocolaria de la Casa Real británica, sino también, y esta es la cuarta pata de la mesa, con su hermana Margaret (guapísima Vanessa Kirby), cuyo romance con Peter Townsend (Ben Miles), militar y ex consejero de su padre, hombre divorciado, es prácticamente tabú. 

Los manejos de la Reina Madre Elizabeth (viperina a la par que aparentemente superflua Victoria Hamilton), ayudada por el criado o consejero real Tommy Lascelles (Pip Torrens), destacan en este caso, así como con la problemática relación con David, duque de Windsor (genial Alex Jennings, cuyo papel se concreta en la escena de la gaita escocesa entre lágrimas, tras ver la coronación de su sobrina). La reina madre no le ha perdonado la traición de haberle cedido el 'marrón' de reinar por haber antepuesto el amor de Wallis Simpson, norteamericana divorciada (a la par que estirada). Hay que reseñar el papelazo de Jared Harris como George VI, a la altura de Churchill en el episodio inicial.

No le quito méritos a Claire Foy. Para mí, más allá de subrayar la inteligencia, la humildad, la sobriedad, ese punto estirado inglés que roza lo frígido, me quedo con esa especie de ambigüedad, de inexpresividad, esa cara de sí pero no, me hago la tonta pero vale la misma que para parecer lista. Estoy aquí porque he venido, pero podría estar allí y significar lo mismo. 

Como digo, aunque no te interese la monarquía inglesa o apenas sepas de ellos, la factura de esta serie es tal que acaba enganchándote. Mira que me encantó Narcos, pero la corona de Netflix puede que se la haya llevado The Crown. God save the Queen, al menos televisivamente.

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